Archivo de 10 Febrero 2012

L’Aventure C’est L’Aventure

Ya son más de las dos de la tarde cuando nos montamos los tres en la furgoneta. Lo de “tarde” es porque lo es, y porque se nos ha hecho, como cabía de esperar (ya sabemos todos cómo se suelen poner los viernes). Comienza la aventura. Los tres que nos apretujamos en la cabina de la furgoneta somos Gonzalo, Rocío y el que os escribe. Por delante seis horas de viaje hacia Málaga, hacia una pequeña finca repleta de naranjos y limoneros. Allí se nos unirán un poco más tarde César y Fernando que bajan por su propia cuenta en otro vehículo.

El cielo gris y encapotado empieza a rezumar y nos caen las primeras gotas del viaje, a las que seguirán muchas más. Y si en Madrid está lloviendo, por lo que nos cuentan por teléfono preocupados los anfitriones, en Málaga pinta mucho peor: allí, que no ha llovido en todo el invierno (de hecho, las sabrosas naranjas han madurado antes que de costumbre), esa misma tarde diluvia, hasta 35 litros por metro cuadrado… Nos espera una buena manta de agua y pasa por la mente de todos abortar. Pero, como he dicho en el primer párrafo, a lo que vamos es a una aventura ¿no? …Glubs!

Rodamos por la autopista y la charla es animada. Las paradas, frecuentes; y la velocidad, moderada. La alegre comparsa devora los kilómetros con Rocío al volante. Llegamos con la noche ya dueña del paisaje y nos recibe una entrañable pareja, de chispeantes ojos llenos de vida, rebosando ternura y generosidad, una pareja en cuyo terreno crecen colmados y mimados frutales y que además se ha encargado de elaborar la abundante y rica mermelada, y además de acaparar la producción de cestas de la provincia entera y, por si fuera poco, nos regalan una mesa puesta, con riquísima comida casera. Antes, un aperitivo al fuego de una chimenea de leña con buena conversación mezcla de curiosidad y aprecio naciente, mezcla de anécdotas y experiencias en las que nos vamos conociendo un poco mejor si cabe… Visto lo visto en torno a esa lumbre, a mis ojos el Paraíso tiene ahora el listón más alto…

Vosotros, lectores, ¿habéis recogido naranjas alguna vez? Para mi es la prueba de fuego. Los naranjos crecen en unos terrenos particularmente arcillosos, y cuando se empapan de agua son los más parecido a andar sobre un alfombra espesa de plastilina de color pardo. Lo que en seco era un terreno arcilloso, en mojado se convierte sencillamente en un terreno… complicado (por no decir la palabra que me viene a la mente, ya que mi madre me ha prohibido terminantemente escribirla aquí). Los pies pesan un poco más a cada paso y eso, en pocos pasos, se convierte en mucho. Siempre se pegan las botas al suelo… Bueno, siempre, no. A veces sencillamente lo otro: resbalan sin previo aviso! Pero la mañana se dibuja sin nubes en el cielo, y al final es un manso sol el que proyecta nuestras sombras entre los naranjos.

La compañía es maravillosa, el trabajo al aire libre es vivificante y todo lo hacemos a buen ritmo. Como contamos con la enorme ayuda de dos profesionales del campo andaluz, los cinco voluntariosos madrileños, recolectores de fin de semana, lo tenemos muy fácil para atiborrar la furgoneta de cajones de coloridas frutas, de cestas y de tarros de sabrosa mermelada, y solo nos detiene el límite legal que dictan al alimón la ley y el fabricante del vehículo. Seleccionamos las naranjas de mejor aspecto, las asimos y mediante un alarde, un decidido y certero giro de muñeca combinado con una seca tracción, una tras otra, van cayendo hermosas en los cajones. Así que en pocas horas, nos reunimos a descansar en torno a una mesa del jardín, decorada de buenos quesos, aceitunas y alguna que otra patata frita… Ñam! Sienta bien la distancia con Madrid, parece que hemos viajado además en el tiempo; ni al pasado ni al futuro, tan solo a un tiempo paralelo, un tiempo sin tiempo. Un tiempo detenido, en suspenso para nuestro mayor disfrute y regocijo. Y después de un aseo y de una excelente comida, nos repartimos en los coches que retoman el camino de Madrid, y lo hacemos como lo hacemos ya todos, con la nariz inmersa en nuestros terminales móviles, repasando redes sociales correos y mensajes a los que hemos tenidos abandonados durante… apenas un día que nos ha llenado y sin embargo sabe a poco. Y la comida teñida del sabor que tienen las despedidas, nos deja en el recuerdo a esos buenos anfitriones y a todos esos buenos momentos en los que nos hemos sentido todos tan bien.

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